Acto de Entrega del Primer Premio del XXVIII Concurso Internacional de
Letras Flamencas de la Asociación Andaluza Hijos de Almachar en
Barakaldo, en el que también se me otorgó el premio al mejor verdial, premio a la mejor malagueña y premio a la mejor bulería.
domingo, 28 de diciembre de 2014
viernes, 21 de noviembre de 2014
NUEVO PREMIO DE LETRAS FLAMENCAS
Permitidme compartir con vosotros la alegría que me
inunda. Me acaban de comunicar que he obtenido el Primer Premio del
XXVIII Concurso Internacional de Letras Flamencas de la Asociación
Andaluza Hijos de Almachar de Barakaldo. Además, también he ganado el
premio al mejor verdial, el premio a la mejor malagueña y el premio a la
mejor bulería.
Sé que os alegraréis conmigo.
Sé que os alegraréis conmigo.
jueves, 30 de octubre de 2014
ANÉCDOTAS FLAMENCAS II
José Francisco López
Retomamos las anécdotas flamencas con el mismo ánimo del número anterior de
nuestra revista, es decir, siendo conscientes que la tradición oral ha podido
variar elementos sustanciales de estas anécdotas. Pero como he dicho otras veces,
sean más o menos ciertas, más o menos exactas, reflejan, en casi todos los
casos, una manera de entender el Flamenco, la Música, la vida en general. No
cabe la menor duda que son un elemento sustancial para el conocimiento de
épocas, maneras de sentir y, en definitiva, maneras de vivir…
Esa manera de vivir, de ser, es lo que se descubre al conocer que la genial
Carmen Amaya tenía una generosidad sin límites. Decía en una entrevista
periodística: "No; de verdad que no
he manejado nunca plata; me estorba, y no creo que se haya dado el llegar a
casa a acostarme con dinero encima. Hay muchas desgracias por el mundo, y si
por casualidad lo tengo, al primero que me lo pide se lo doy, o si no me lo
pide nadie, pago por un paquete de cigarrillos diez veces más de lo que vale,
pero ya me voy sin la preocupación de tener ni una perra chica encima y me
duermo a gusto".
En otra ocasión le preguntaron sobre la fama:
- “Carmen, ¿qué dices tú al sentirte
tan famosa?”
- “Mira, a mí lo que me interesa es
lo feliz soy con mi marido y un tomate recién sacado de un huerto. Yo con eso
me conformo”.
Manuel Barrios ha contado que en casa de Manuel Torre ocurría, cada noche, algo sorprendente, y es que las vecinas
esperaban hasta que Manuel llegaba “a las tantas” de trabajar, porque les
susurraba la nana a sus niños y ellas esperaban para escucharlo.
Relacionado con Manuel Torre es el delicioso pasaje del libro de memorias
“La arboleda perdida” de Rafael Alberti, donde nos cuenta como en una fiesta en
la residencia de Ignacio Sánchez Mejías en Pino Montano llegaron el guitarrista
“Manuel Huelva, acompañado por Manuel
Torres, el Niño de Jerez, uno de los genios más grandes del cante jondo.
Después de unas cuantas rondas de manzanilla, el gitano comenzó a cantar,
sobrecogiéndonos a todos, agarrándonos por la garganta con su voz, sus gestos y
las palabras de sus coplas. Parecía un bronco animal herido, un terrible pozo
de angustias. Mas, a pesar de su honda voz, lo verdaderamente sorprendente eran
sus palabras: versos raros de soleares y siguiriyas, conceptos complicados,
arabescos difíciles.
–¿De dónde sacas esas letras? –se le
preguntó.
–Unas me las invento, otras las
busco.
–A propósito –dijo entonces
Ignacio–. ¿Por qué no cantas eso que tú llamas “las placas de Egito”?
Sin casi dejarnos tiempo a la
sorpresa ante tan peregrino título, Manuel Torres se arrancó un extraño cante,
creado totalmente por él. Al acabar, después de un breve silencio estremecido,
le rogamos nos explicase cómo había llegado a ocurrírsele aquello.
El gitano, seria y sencillamente,
nos contó:
–Una noche me llamaron unos señores
amigos. Fui. Por más que se bebió y me jalearon, yo no estaba esa noche para
cante. Lo poco que hice, lo hice mal. No me salía. La voz no se me daba. Me
tuve que marchar muy triste y preocupado. Anduve solo por las calles, sin saber
qué hacía. Al pasar por la Alameda de Hércules, me paré ante un kiosco de la
feria a escuchar un gramófono. Las placas daban vueltas y vueltas cantando yo
no sé qué historia del rey Faraón. Seguí para mi casa con todo aquello en la
cabeza. Cuando ya iba pasando por el puente de Triana, se me aclaró la voz de
pronto y empecé a cantar eso que acaban de oír ustedes: “Las placas de Egito.”
Nos quedamos atónitos, y más,
comprendiendo que lo que el genial cantaor había escuchado en la feria eran
seguramente –e Ignacio nos lo corroboró después– algunos discos, que por
entonces muchas gentes los llamaban placas, de “La corte de Faraón”, divertida
zarzuela, famosísima en toda España. Y aquello que todos pensamos, lógicamente,
serían las plagas de Egipto para Manuel Torres fueron las placas, llegando así
el gitano por ese camino de lo popular, compuesto a veces de ignorancias o
fallas de la memoria, a su rara y magnífica creación: una nueva copla de cante
jondo, sin sombra ya de tan absurdo modelo.
Manuel Torres no sabía leer ni
escribir; sólo cantar. Pero, eso sí, su conciencia de cantaor era admirable.
Aquella misma noche, y con seguridad y sabiduría semejantes a las que un
Góngora o un Mallarmé hubieran demostrado al hablar de su estética, nos confesó
a su modo que no se dejaba ir por lo corriente, lo demasiado desconocido, lo
trillado por todos, resumiendo al fin su pensamiento con estas magistrales
palabras: “En el cante jondo –susurró, las manos duras, de madera, sobre las
rodillas– lo que hay que buscar siempre, hasta encontrarlo, es el tronco negro
de Faraón”.
García Lorca, otro de los asistentes a aquella fiesta rememorada por Rafael
Alberti, escribió en sus “Viñetas flamencas” de “Poema del cante jondo” la siguiente
dedicatoria:
“A Manuel Torres, Niño de Jerez, que
tiene tronco de Faraón”.
A continuación referiremos la siguiente anécdota, que comentó en una
conferencia nuestro querido Félix Grande, y que tiene como protagonistas a
varios de los mejores guitarristas de la historia del flamenco, y que decía más
o menos así: "Hace años, Sabicas ofreció una actuación en
Madrid. Y unos días después, Manolo Sanlúcar. Éste,
que vio que Paco de Lucía estaba en la segunda o tercera fila,
se dirigió al público y pidió un aplauso para “el más grande guitarrista de la
historia”, que está entre nosotros. Después, estaba en una taberna cercana
el propio Paco de Lucía con los también grandísimos guitarristas Pepe y Juan Habichuela,
Serranito y el marido de Manuela Carrasco, cuando llegó
Manolo Sanlúcar. Paco le dijo:
- Ha pasado una cosa muy grave. En una fila del final, estaba el maestro
Sabicas.
Manolo Sanlúcar se puso blanco. A la
mañana siguiente, cuando se levantó, buscó una floristería en Madrid,
donde estaba todo cerrado, y le envió un ramo de flores a Sabicas con la
siguiente nota: “Perdone, usted, maestro”.
Algunos artistas han acabado en la cárcel o ante un juez por razones
curiosas. Antonio el bailarín, en su libro “Mi diario en la cárcel”, recueda
una condena por blasfemia que le llevó a la cárcel. Eran los últimos años del
franquismo cuando el bailarín rodaba en la plaza de Arcos de la Frontera El sombrero
de tres picos, bajo la dirección de Valerio Lazarov. En un momento dado lanzó
una exclamación que un cabo de la Policía Municipal juzgó irreverente. Fue juzgado
y encarcelado por blasfemia y escándalo público.
A José Domínguez, El Cabrero, también lo condenaron por blasfemar. Así lo
cuenta Félix grande en su “Agenda Flamenca”: “El Cabrero cantaba en Alcolea, un pueblo cordobés, tras una discusión
de carácter familiar, el cantaor tuvo un fallo de voz y una pequeña parte del
público comenzó a berrear, en alusión a su condición de pastor de cabras. El
Cabrero, en estado de gran excitación nerviosa, abandonó el escenario con la
frase ¡me c… en Dios!, habitual en el mundo rústico en que se desenvuelve. El
Cabrero fue procesado y condenado por el juzgado de instrucción a cinco meses
de prisión. Sus abogados consiguieron reducir a dos meses esa sentencia.”
Cuentan que en otra ocasión el cantaor Ignacio Espeleta, del que se dice
que era un poco vago y también muy gracioso, fue detenido por la policía.
Ocurrió que el cantaor todas las tardes iba después de comer a una plaza cerca
de su casa. Se sentaba y echaba la siesta. Una vez hubo unas huelgas con
obreros pidiendo la jornada de trabajo de ocho horas. La policía hizo una
batida y en una de ésas, Ignacio, que era conocidísimo en Cádiz, y estaba por
allí acabó pillado y en comisaría. El inspector fue tomando declaración uno a
uno, y cuando llega a él, le dice:
- “Pero hombre, don Ignacio, ¿de modo que usted también pide las ocho horas
de trabajo?”
- “Pero ¿qué está usted hablando, ocho horas de trabajo? Yo, ni dos minutos”,
respondió Ignacio.
Félix Grande me contó que presenció una especie de duelo flamenco
entre un Camarón en plenitud y un Caracol, ya mayor, en la Venta Vargas. A mí
me lo contó en Arahal, en el transcurso de una comida cuando vino a recoger el
galardón “Verde que que quiero verde” en el V Memorial Niña de los Peines “Al
Gurugú” en junio de 2006, aunque me consta que la ha referido en otras
ocasiones, de hecho voy a reproducir la anécdota tal y como la cuenta
literalmente Carlos Lencero, en su libro “Sobre Camarón. La leyenda del cantaor
solitario”. El origen de la historia se
remontaba muchos años atrás cuando Camarón, siendo un niño todavía, le cantó al
maestro Manolo Caracol en la Venta Vargas, y parece que el genio sevillano
comentó simplemente “no está mal”, sin darle más importancia. Parece que
Camarón lo guardó siempre en su alma como una especie de afrenta, que muchos años
después quedó saldada. Carlos Lencero lo cuenta así:
“Félix Grande, en un
largo artículo que escribió tras la muerte de José, cuenta una anécdota en la
que creo dice no haber estado él presente, pero que le fue narrada por un
espectador fiable.
La anécdota, contada un poco libremente y dándole
unos ligeros toques narrativos, podría inaugurar un nuevo género
cinematográfico: el western flamenco.
Es de noche cerrada. Sin luna. Una venta en el
campo, alejada de la ciudad. Unas chumberas. En el amarradero, un bonito
cartujano. Una voz y una guitarra surgen desde el interior de la venta. Una
reluciente Harley Davidson, niquelada y silenciosa como la muerte, se detiene
frente a la venta. El hombre que la conduce piensa que sólo Manolo Caracol
puede estar haciendo aquello con el cante.
Sentado de espaldas a la puerta, un codo en la mesa,
una copa de cazalla en la mano, la otra divagando por el espacio infinito,
Caracol canta por fandangos. Es fácil reconocer el tono de la guitarra: el
cuatro por medio. El cuatro por medio era el tono natural de Camarón y en la
guitarra se corresponde con el do sostenido modal.
Las puertas abatibles de la venta se abren y un
hombre joven, vestido de cuero negro con chapeados de níquel en la chupa, botos
jerezanos negros, gafas negras y pelo rubio, aparece en escena. Se adelanta
unos pasos y se coloca en un segundo plano, entre Caracol y el guitarrista.
Cuando Caracol remata su fandango, el joven rubio le indica al tocaor que ponga
la cejilla en el cinco por medio. Caracol vuelve un poco la cabeza, lo mira, y
lo reconoce:
-¿Qué pasa, Camarón?
-Nada, maestro. Pasaba por aquí, le escuché y me
tuve que parar. Además, la verdad, tenía ganas de cantar un rato.
Camarón cantó al cinco por medio y el silencio se
espesó como la nata. Caracol remató la cazalla. Y pidió otra. Mientras se la
servían, dijo: Ponla al seis por medio, muchacho. El guitarrista puso cara de
estúpido. Camarón sonrió. Caracol arrancó muy fuerte y llegó justo al remate
con las manos cerradas. Y dijo:
-¿Tú quieres tomar algo, José?
-Gracias, maestro. Pero no. Y tú, ponla al siete por
arriba.
Caracol se aflojó el pañuelo florido que llevaba en
el cuello. Mientras José cantaba, cerró los ojos. Vio al niño rubio, canijo,
blanco, insignificante. Se vio a sí mismo, un rey viejo y borracho. Y escuchó:
En mi mente,
el orgullo y el querer
se pelean en mi mente;
una guerra sin cuartel
donde no existe la muerte;
sólo existe una mujer
ANTONIO SÁNCHEZ PECINO
El silencio, ahora, se podía cortar con un cuchillo
como se corta un queso de bola. Caracol se puso en pie, apretó los puños y
salió a la arena del siete por medio:
Que me costó un dineral,
yo tenía un caballo bayo
que me costó un dineral,
y ahorita lo ando vendiendo
por lo que me quieran dar.
¡Esa es la pena que tengo!
POPULAR
Y cayó reventado en la silla. Las venas del cuello y
de la frente como enormes espaguetis azules. Sin aire. Casi sin vida, levantó
la copa de cazalla al aire con la grandeza y el misterio de los perdedores. Y
luego, siguiendo su costumbre, atornilló el aguardiente de un trago.
Antes de que pudiera dejar la copa sobre la mesa,
Camarón dijo:
-Ahora le voy a cantar un fandango, que se lo dedico
yo a usted... Pon la cejilla en el ocho, tío. Por Huelva.
María Picardo lloraba en un rincón de la cocina. No
había querido verlo. Oírlo solamente ya le hacía llorar. Ella y Juan Vargas
sabían, desde que vieron aparecer a Camarón, que la sangre de la música iba a
brillar para siempre chorreando en las paredes de la Venta.
Malpago,
adiós, calle del Malpago,
cuántos paseos me debes,
cuántas veces me han tapao
la sombra de tus paredes,
las tejas de tus tejaos.
POPULAR
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lunes, 23 de diciembre de 2013
ANÉCDOTAS FLAMENCAS I
ANÉCDOTAS FLAMENCAS I
El pasado curso escolar 2012-2013
tuve la suerte de colaborar con un programa flamenco en Radio Paz, la radio del
CEIP Manuel Sánchez Alonso de Arahal. Realicé veinte guiones, y en la
estructura del programa semanal siempre terminábamos con un “Cajón de sastre”,
donde comentábamos algunas anécdotas de los artistas de los que hablábamos en
el programa. Así tuve la oportunidad de acercarme a muchas anécdotas flamencas,
algunas las conocía y otras no. Por otra parte tampoco tengo muy claro que sean
totalmente ciertas. Posiblemente la tradición oral haya añadido o quitado
elementos sustanciales de esas anécdotas. Sea como fuere yo las cuento como me
llegan, sean más o menos ciertas, algo que por otra parte me da exactamente
igual. No busco la exactitud ni la ciencia en estas pequeñas historias, que por
otra parte pueden reflejar un sentir, una manera de ser, una forma de entender
la vida en muchos casos. En definitiva
busco tanto el arte o la gracia como aquellas anécdotas que han formado la
intrahistoria flamenca.
Algunas de estas anécdotas han
pasado a la historia del flamenco, otras, sin embargo son menos conocidas.
Entre las primeras está la que relata Federico García Lorca en su “Teoría y
juego del duende” sobre la Niña
de los Peines y que dice literalmente: “Una
vez, la "cantaora" andaluza Pastora Pavón, La Niña de los Peines, sombrío
genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o a Rafael el
Gallo, cantaba en una tabernilla de Cádiz. Jugaba con su voz de sombra, con su
voz de estaño fundido, con su voz cubierta de musgo, y se la enredaba en la
cabellera o la mojaba en manzanilla o la perdía por unos jarales oscuros y
lejanísimos. Pero nada; era inútil. Los oyentes permanecían callados.
Allí estaba Ignacio Espeleta, hermoso como una tortuga romana, a quien
preguntaron una vez: "¿Cómo no trabajas?"; y él, con una sonrisa
digna de Argantonio, respondió: "¿Cómo voy a trabajar, si soy de
Cádiz?"
Allí estaba Eloísa, la caliente aristócrata, ramera de Sevilla,
descendiente directa de Soledad Vargas, que en el treinta no se quiso casar con
un Rothschild porque no la igualaba en sangre. Allí estaban los Floridas, que
la gente cree carniceros, pero que en realidad son sacerdotes milenarios que
siguen sacrificando toros a Gerión, y en un ángulo, el imponente ganadero don
Pablo Murube, con aire de máscara cretense. Pastora Pavón terminó de cantar en
medio del silencio. Solo, y con sarcasmo, un hombre pequeñito, de esos
hombrines bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo
con voz muy baja: "¡Viva París!", como diciendo. "Aquí no nos
importan las facultades, ni la técnica, ni la maestría. Nos importa otra
cosa."
Entonces La Nina de los
Peines se levantó como una loca, tronchada igual que una llorona medieval, y se
bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se sentó a cantar sin
voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrasada, pero... con duende.
Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a un duende
furioso y abrasador, amigo de vientos cargados de arena, que hacía que los
oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen
los negros antillanos del rito, apelotonados ante la imagen de Santa Bárbara.
La Niña de los Peines tuvo que desgarrar su voz
porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita que no pedía formas, sino
tuétano de formas, música pura con el cuerpo sucinto para poder mantenerse en
el aire. Se tuvo que empobrecer de facultades y de seguridades; es decir, tuvo
que alejar a su musa y quedarse desamparada, que su duende viniera y se dignara
luchar a brazo partido. ¡Y como cantó! Su voz ya no jugaba, su voz era un
chorro de sangre digna por su dolor y su sinceridad, y se abría como una mano
de diez dedos por los pies clavados, pero llenos de borrasca, de un Cristo de
Juan de Juni…”
Pastora nunca reconoció que esa
historia fuese cierta, de hecho decía: “Ni
aquello ocurrió nunca, ni yo he tomado en mi vida un vaso de aguardiente”,
pero ha quedado para la historia flamenca.
Otra anécdota con mucha gracia era aquello que
contaba Fernando el de Triana, que tenía un compañero llamado Manolito el
de Jerez que era tan tacaño que no daba ni la hora. Relata, que en cierta
ocasión solicitó que le dijera la hora para poder poner su reloj en la
hora correcta, pues se le había parado.
Manolito el de Jerez sacó su magnífico reloj de 18 quilates, lo miró y lo
volvió a introducir en su bolsillo sin decir ni media palabra.
Fernando con el reloj parado en su mano volvió a preguntar; "¿Pero
qué hora es, Manolo?"
A lo que Manolo respondió; "¿Qué hora es?, lo menos te crees tú, ni
nadie, que yo me he gastao sesenta duros en mi reloj pa que sepa ca uno la hora
que es..."
Así que era tan tacaño que no daba ni la hora.
Cádiz ha dado anécdotas con mucha gracia, y
cantaores que las han contado de manera magistral.
El cantaor Beni de Cádiz contaba: “Un día caminaba por las calles de Cádiz con
el Cojo Peroche, cuando de pronto nos paramos ante la casa de Pemán y le dije:
- Cojo, mira lo que dice ahí:
Aquí nació el ilustre gaditano José María Pemán. ¿Qué pondrán de mí en mi casa
cuando yo me muera?
A lo que el Cojo Peroche respondió sin
dudarlo:
-Se
vende, Beni, se vende”.
Pericón fue un gran fabulador. Disfrazándolas de
anécdotas livianas, Pericón entraba con total naturalidad en los terrenos más
difíciles de la vida y las situaciones más disparatadas inventando de paso
personajes llenos de ironía y ternura. Hasta tal punto inventaba anécdotas y
situaciones exagerándolas al máximo que se ha escrito un libro sobre él
titulado “Las mil y una historias del Pericón de Cádiz”, que llevó a la escena José Luis Ortiz Nuevo.
Pondremos un ejemplo de cómo contaba Pericón el accidente de la explosión de
San Severiano:
“Cuando llegó la onda a Antonio el de
la Privaílla,
se le quedó el gollete de una botella que tenía una vela mirando pa`bajo, sin
partirse ni ná; en casa de los Melu las cortinas se quedaron cortás como si las
hubieran cortao con unas tijeras; en la puerta donde explotaron las bombas a un
marinero lo dejó como un papel de fumá, pegao a la paré y al otro no le pasó
ná; a un chiquillo la onda lo llevó dando volteretas hasta la plaza de toros y
cuando paró estaba vivo pero la onda lo había dejao encueros; por el puente de
San Severiano iba un hombre montao en un borrico y la explosión se llevó la
cabeza del borrico y al hombre no le pasó ná... Y no pasó más, gracias a las
murallas de Puerta Tierra, que con el espesor tan grande que tienen no se
rompieron y cuando llegó la onda, la desviaron pá los cielos, pá el firmamento
y no pasó más”.
Más anécdotas:
Manuel Vallejo era muy devoto de la Semana Santa en general y del
“Gran Poder” en particular. Pues
en 1934, se encontraba en Madrid
a punto de cruzar el Atlántico, ya que estaba contratado para grabar en América.
Era el Jueves Santo y Vallejo empezó a ponerse nervioso y comentar a quienes le acompañaban que sólo faltaba una
hora para que la Macarena estuviera
en la calle. Luego recordaba como podría estar la plaza de San Lorenzo con la salida del Gran Poder.
Al final, no puede más y les
dice:
“¡Ea! Se acabó. Nos vamos a Sevilla,
viajando toda la noche podremos estar
allí por la mañana, al Gran Poder no me da tiempo a cantarle, pero a las
doce estamos en la Macarena. Se acabó
el contrato y si quieren denunciarme que lo hagan”.
Así era Vallejo.
Antiguamente muchos nombres artísticos se los
ponían a los cantaores que empezaban artistas más veteranos. Pues bien, según me contó Isabel Domínguez esposa de
Pepe Marchena, así le pusieron el nombre de “Niño de Marchena”:
“Me decía mi suegra que cuando era pequeño
José Tejada Martín, iba de pueblo en pueblo y con unos amigos se fue a Córdoba
y después a Madrid, a casa de Juan el de La Bombilla, y le dijeron a Don Antonio Chacón:
—maestro, ahí hay un chaval que
canta maravillosamente, se lo presentaron y le preguntó:
—¿Tú cómo te llamas?
—Yo, José Tejada
—¿Y qué más?
—Martín
—¿De dónde eres?
—Andaluz
—¿Pero andaluz de dónde?
—De Sevilla
—¿Pero del mismo Sevilla?
—No, de un pueblo.
—Pero hombre di de qué pueblo
—De Marchena
—El Niño de Marchena.
Y el Niño de Marchena, el Niño de Marchena y
el Niño de Marchena se le quedó, y después, cuando yo iba con mi hijo, le
decían la gente “Niño”, y él respondía: “no, yo soy Pepe Marchena, el niño es
este”, señalando a su hijo.
El propio Pepe Marchena también “bautizó” a otros
artistas, como me siguió contando la anteriormente mencionada Isabel Domínguez:
“Le presentaron a un chico de Málaga, y
le dijeron:
- Mira Pepe, ahí hay un
chico que te va a quitar el puesto, canta como tú.
- Preséntamelo.
- Y dicen: aquí Don José
Tejada el Niño de Marchena, aquí Manolo Pendón,
- y dice Marchena: ¿Pendón?,
ese nombre pa carteles no vale.
- ¿De dónde eres?
- De Málaga
Y entonces Pepe Marchena lo bautizó como Manolo El Malagueño, y Manolo
El Malagueño se le quedó”.
Los nombres,
sobrenombres y apodos artísticos son una fuente inagotable de curiosidades:
Rafael Romero explicó en la revista Candil,
en un número de 1981, de dónde le vino su apodo artístico? Lo contaba de la
siguiente manera:
“En Madrid, en aquellos años
malos de después de la Guerra,
canté aquello de La gallina papanata. Entonces,
un marqués le dice a uno:
-Oye, ¿quién es ese?
Y el otro, como no sabía a
quién se refería la pregunta que cual, que quién decía,
Y el marqués le dice:
-‘Ése, el gallina’. Y desde
entonces… las cosas”.
A Rafael, explica Sánchez Bracho, no le gustó
nunca el apodo fuera de aquellas reuniones íntimas, pero no pudo evitar que
saliera de allí y se difundiera.
Agustín Castellón Campos, conocido como Sabicas, fue el gran maestro de la guitarra que impulsó su
internalización. Pues bien, según contaba él mismo, el apodo de Sabicas procede
de su pronunciación infantil de la palabra habas. Lo contaba así:
“De chiquito, aquí, en Madrid, mi mamá mandaba a la criada a la compra,
y cuando venía yo metía la mano en la cesta y sacaba las habas y me las comía
con cáscara y todo.
- Mi mamá me miraba: 'Pero, hijo mío, estás na más que con las habas.
Te voy a poner habas, y habas, habas, habicas'.
- Y de las habas, la-s-habicas, me quedó Sabicas.”
Así finalizamos
esta primera aproximación a algunas anécdotas y curiosidades flamencas. Continuará…
lunes, 19 de agosto de 2013
PALIMPSESTO
Hace poco recibí de mi amigo José
Cenizo, paradeño de pro, un disco titulado “Palimpsesto”, que es el volumen IX
de la serie discográfica “Flamenco y Universidad”, y que además está dedicado a
la memoria de Enrique Morente.
Según la RAE, palimpsesto es un manuscrito antiguo
que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente, y en
otra acepción se refiere a una tablilla antigua en que se
podía borrar lo escrito para volver a escribir. Así pues, esta obra pretende
partir de la metáfora del concepto de “palimpsesto”, entendiéndolo como una
manera de reescribir los primitivos modelos flamencos, adaptarlos a la
actualidad y ponerlos en íntimo diálogo con otras artes, desde la fotografía a
la pintura, desde la poesía a la caracterización, desde el maquillaje corporal
a la performance…
Tal vez a alguien le pueda
parecer que eso no es flamenco, sin embargo desde su nacimiento, el Flamenco ha
influido en otras artes, y se ha enriquecido de ellas, ¿alguien puede negar la
relación entre el flamenco y la pintura, o la poesía o la tauromaquia o la
fotografía o el teatro o el cine, por ejemplo? Por no hablar de otros estilos
musicales.
Sólo el atrevimiento de buscar
nuevas formas flamencas, ya me parece muy loable, ¿qué hubiera sido de cualquier
arte estancado siempre en las mismas formas, sin evolucionar?, posiblemente
seguiríamos en las cavernas.
El arte es evolución y búsqueda
de la emoción a través de la propia idiosincrasia de estas formas artísticas.
Evidentemente hay que partir del
conocimiento, hay que calmar la sed artística bebiendo en el pozo de la
sabiduría primigenia. ¿Se puede construir desde la nada? Yo creo que no. ¿Por qué el Flamenco va a ser
diferente a otras artes? ¿Es que no está evolucionando desde su origen? ¿Es que
suena igual un cante de Manuel Torre que uno de Morente? ¿Es que se baila ahora
igual que hace cien años? ¿Acaso sonaba Niño Ricardo como Manolo Franco? Negar
la evolución en el arte es negar el arte mismo. Lo que sí respeto es el gusto
de cada cual. A mí en el arte pictórico me gustan los impresionistas. Es lo que
me disloca, aunque dado mi carácter de suma permanente no puedo desdeñar ningún
otro movimiento pictórico. En definitiva creo en la evolución, en la búsqueda, siempre
desde el conocimiento y respeto a las fuentes, a la tradición. Después el
tiempo dirá…
Lo que pretende este
“Palimpsesto”, es precisamente lo que hemos dicho anteriormente, buscar nuevas
formas respetando la tradición, por eso este disco suena a Flamenco, o sea, que
hace honor a su título. No todos los discos de Flamenco que buscan nuevas
formas suenan a Flamenco. En este disco si estás escuchando unos tientos,
descubres al momento que son tientos o neotientos como los llaman, y así con el
resto de palos. Me gusta del disco su armonización, su instrumentación y su
ambientación musical. Gran trabajo de Paco Escobar. También me gusta la voz del mairenero José Manuel castillo. He de
confesar que me gustan las voces limpias, claras con ese acento andaluz que me
emociona. Me gusta esta voz cálida, que arropa el cante.
sábado, 18 de mayo de 2013
MIS LETRAS FLAMENCAS
TIENTOS
Los niños aceituneros
tienen las manos de plata,
reflejos de luna nueva
y escarcha de la mañana.
Tiene la gorrilla puesta
y unas viejas alpargatas,
le van temblando los huesos
del fresco rumor del alba.
Va cogiendo aceitunitas
del suelo con cierta gracia
mientras crujen las varetas
y se pierden las miradas.
Y cuando llega la tarde
trae dolorida la espalda,
es un niño aceitunero
sin juventud en el alma.
GRANAÍNAS
Dicen que un moro lloraba
porque nunca más la vería,
y dicen que murmuraba,
el alma se le partía
cuando se fue de Granada.
PETENERAS
Petenera, petenera
que entras en mi corazón,
Dios me libre de tu embrujo
y me vuelva la razón.
Que estoy loquito perdido
y me falta hasta la fe,
que sonámbulo camino
por culpa de una mujer.
jueves, 3 de enero de 2013
VEINTE AÑOS SIN CAMARÓN
(Publicado en la Revista Unicornio nº 40- octubre de 2012)
Eso que Camarón expresaba a su manera, es lo más
grande que existe en el arte y en la vida, y se llama LIBERTAD.
A
mi primo Manolo, camaronero de corazón.
Hace poco más
de veinte años, en julio de 1992 nos dejaba Camarón, pasando, como suele
ocurrir con los genios, a convertirse en leyenda, en mito.
He
de confesar que cuando escribo sobre algún artista, me gusta inspirarme
escuchando su obra y rememorando mi relación personal e íntima con ese artista.
No me refiero a una relación real, mas bien a los momentos en que ese artista
se convirtió en la banda sonora de la película de tu vida. Para hacerlo esta
vez recordé algunas de las muchísimas veces que escuché a Camarón en un viejo
radiocasette Sanyo. Todavía conservo la cinta. Ni corto ni perezoso me dispuse
a encontrarla. En mi caso, las viejas cintas están medio ordenadas en una
buhardilla, sin uso, esperando entre el polvo, que tenga algún recuerdo que las
rescate del olvido. La encontré muy rápido y enseguida me vinieron a la mente
un sin fin de imágenes en blanco y negro de los años setenta, cuando todavía
era un niño. “El Camarón de la Isla, con la colaboración
especial de Paco de Lucía” era una recopilación de temas de Camarón donde
aprendí fandangos, “salud antes que
dinero yo le estoy pidiendo a Dios, aunque me tenga que ver lo mismo que un
pordiosero, pidiendo pa comer…”; donde me enamoré de una “canastera, gitanita canastera…”, y de “Rosa María, si tú me quisieras qué feliz
sería…”
Aprendí que “En la provincia de Cádiz ha nacío la Petenera, en pueblo que
le dicen Paterna de la Rivera…”
y que es mentira lo del mal fario y que a los gitanos no les gusta cantar
Peteneras; y que los Tarantos llevan la mina en las entrañas, “Ay minero, sube al enganche minero…”; y
que el Flamenco es como la vida, tiene momentos trascendentales y otros mucho
más banales, momentos de pena honda, y otros de diversión y alegría hasta la extenuación. Letras
de entonces las he repetido permanentemente formando parte de mi caminar como
ser humano, y como maestro, “Esta noche
va a llover, que tiene cerco la luna, mi pozo cogerá agua que no le quea
ninguna…”, tangos de Málaga, ¡y viva
el Piyayo! Aprendí que columpiando a una niña, se puede llegar hasta la Bamba, y que no se puede
cantar mejor por bulerías, metiendo en cada estrofa lo que no cabe, ¡y a
compás!, “…el día que tú naciste nacieron
toítas las flores, y en la pila del bautismo cantaron los ruiseñores…”.
Aprendí cosas que, siendo un niño, se te
quedan grabadas en los anaqueles del alma para el resto de tu vida.
Mi
relación con Camarón se limita a un viejo radiocasstte Sanyo y un puñado de
cintas, que después se convirtieron en CDs, pero cómo he disfrutado, y disfruto
de su cante. Me gusta el Camarón íntimo, el que baja los tonos –ahí se notan
los buenos cantaores-, me disloca el Camarón que pasa de un tono bajo hasta
otro que llega al cielo para rematar una estrofa, “…Y ya no me cantes cigarra, ya para tu sonsonete, que llevo una pena
en el alma, como un puñal se me mete sabiendo que cuando canto suspirando va mi
suerte, bajo la sombra de un árbol y al compas de mi guitarra...canto alegre
este fandango porque la vía se acaba y no quiero morir soñando ay como muere la
cigarra...”. Me gusta el Camarón con fuerza y desgarro, me gusta su voz y
su conocimiento, lleva la tragedia milenaria en sus quejíos, es moderno y
antiguo, casi primitivo y fue bautizado con todo el compás y la sal de la bahía
gaditana.
Este gitano de
San Fernando, nació un 5 de diciembre de 1950. Su tío, Joseíco, lo “bautizó” cuando comentó, al verlo por
primera vez, “…es tan blanquito que
parece un camarón”. José Monge Cruz era hijo de Juan Luis Monge Núñez,
herrero de profesión, y Juana Cruz Castro. Siendo un niño era un habitual de la
mítica Venta Vargas. En Torres Bermejas, en Madrid, terminó de formar y encajar
el saber enciclopédico de su sangre. Allí, el destino quiso que coincidieran
dos genios, y que se formara una de las mejores parejas de la historia del
flamenco, Camarón y Paco de Lucía. A partir de 1978 será José Fernández Torres,
Tomatito, el que lo acompañe. Hay otro guitarrista que ha formado parte de la
vida y la esencia de Camarón y muchas veces se olvida injustamente, y no es
otro que el maestro Paco Cepero, de quien el propio Camarón dijo que era el que
mejor lo acompañó en festivales y fiestas.
No se trata en
este modesto artículo de hacer un resumen de su vida y obra, bastante conocidas
por otra parte, se trata de dejar constancia que fue un niño prodigio –A los 12
años ganó el Concurso Flamenco del festival de Montilla y con 14 años realiza
una gira por Andalucía y Madrid con el Ballet de Arte Español Miguel de los
Reyes y con 16 gana el Primer premio de cantes festeros en el festival de
Mairena del Alcor-, y que terminó con una autentica legión de seguidores –Unas 50.000
personas pasaron por su capilla ardiente-.
Más allá de los que le reprocharon
que había perdido la “pureza”, se encontraba muchísima gente, sobre todo el
pueblo gitano, que lo divinizó, acaso porque, como dijo Paco de lucía: “cuando otros cantaores recurrían a letras
con temática social, la voz desgarrada de Camarón evocaba por sí sola la
desolación de su pueblo”.
Se trata de
recordar los nueve discos que entre 1969 y 1977 grabara con Paco de Lucía, y
por su puesto “La leyenda del tiempo”, donde se introducen elementos inéditos
en el flamenco procedentes del rock o el Jazz. Este disco, que para muchos supuso
una auténtica revolución en el Flamenco, fue un fracaso absoluto en ventas con
poco más de 6000 discos vendidos, sin embargo a mí me gustó, quizás porque en
esa época mis amigos y yo estábamos como locos con un tal Jesús de la Rosa y su grupo Triana, el
rock andaluz, al que también rescato, de vez en cuando, del desván de mis
recuerdos. Dicen que hubo gente que, al oír el disco, lo llevó a la tienda para
que le devolvieran el dinero porque ese no era Camarón.
A partir de la Leyenda del tiempo otros discos:
Como el agua, Viviré, Calle Real…,
hasta ese Potro de rabia y miel de
1992, donde vuelve Paco de Lucía. Puede parecer que La leyenda del tiempo divide la obra de Camarón en dos, sin embargo
lo que está claro es que desde entonces sufrió la furibunda crítica de que
había abandonado la pureza. Pero a la par, su obra y su propia leyenda fue
creciendo en el tiempo hasta convertirse en un cantaor con multitud de
seguidores, manifestación masiva de idolatría no vista antes en el flamenco.
En el
magnífico programa Rito y Geografía del Cante, le preguntan a Camarón algo que
ha sido una constante en su vida y más allá de su muerte:
- “La gente dice que el camarón está perdiendo pureza por esto de estar
en Madrid”.
Y Camarón responde:
- “No, no es eso. La pureza no se puede perder nunca cuando uno la lleve
dentro de verdad. Entonces, lo único que veo es que la gente no me comprende
como yo canto. Mi manera de sentir todavía la gente no la ha entendido.
Entonces, po yo no le echo cuenta, yo voy a mi aire”.
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